Un cuentito de “princesas” en un mundo que todavía no
elimina parásitos medievales
Una historia, una noticia y un cuento son también un placebo
que se reparte en la urbe. El medioevo en los modernos formatos del
infoentretenimiento nos regala (nos impone) la doctrina de la realeza y la
monarquía.
La dilatada estupidez rococó sigue siendo una eficaz arma
contra las conquistas de nuestros estados que fueron capaces, hace dos siglos,
de lograr liberarse de las monarquías y de haberlas abolido (junto a los títulos
de nobleza) dentro de la organización republicana.
La monarquía es una forma de Estado, donde el rey (o la
reina, según las circunstancias) es un cargo supremo estrictamente unipersonal,
vitalicio y designado por un orden hereditario. Estos milenarios parásitos aún
conviven con los órdenes constitucionales que regularon su supervivencia como
símbolo de la “unidad nacional” (con la moral y las buenas costumbres
anexadas).
Fueron los parlamentos los que tomaron la posta de
extenderles a estas familias la categoría de “divinidad” que antes les otorgaba
la iglesia dominante en sus territorios, con quienes compartían el legado del
espíritu santo. Estos países monárquicos han contado con mayor facilidad a la
hora de proteger simbólica y fácticamente los intereses más conservadores, en
algunos casos contando con el rol de la jefatura del Estado.
Las monarquías se fortalecieron extendiendo la esclavitud,
el feudalismo. Fueron quienes lideraron genocidios, ocupaciones y exterminios,
quienes persiguieron a la ciencia como a los pensamientos y saberes seculares y
populares. Ante los avances republicanos, las monarquías se alinearon con las
tiranías y los dictadores, con quienes levantaron los millonarios negociados
que traspasan las fronteras de los muros de sus castillos.
Detrás de la idea de la plebeya convertida en princesa, del
rey y del reino está la supervivencia de la idea de dominación, privilegio,
explotación, del patriarcado y la opresión.
Así, la familia con linaje divino seguirá con la impunidad
para acrecentar la fortuna de más de 1.000 millones de euros, mientras todo se
tiñe de cuento de princesas y príncipes.
Entonces, la estupidez como sentido común, detrás del
“glamour” y de las manifestaciones más retrógradas, con cuento de princesa
incluido, tapará todas la reivindicaciones republicanas de derechos y
libertades para alimentar la máxima expresión parasitaria que son la monarquías
que aún perduran.
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