“Economía social” se llamaría la nueva materia que adolescentes de los últimos años del secundario deberían cursar, y ésta sería dictada por “disponibles” profesores de las filosofías, quienes perderían las horas de sus materias tan poco prácticas para el mundo del trabajo, y claro, ya que “Formación para la vida y el trabajo” es otra de las iniciativas para la nueva currícula que el gobierno escolar tiene para involucionar luego no haber evolucionado.
Entender el funcionamiento del mercado e insertarse en él ya no es nuevo, fue parte de los argumentos de la ley de educación que escribieron, promulgaron, ejecutaron y luego borraron y ahora reescriben los mismos funcionarios. Remember. Ya no hay argumentos que lo sostenga, todavía no terminan de redactar la ley de educación provincial que se adecue al relato que les caduca y sacan a la luz sus añoranzas de los ’90. Nostálgicos que acompañan los fuertes vientos de una tormenta conocida y se van reacomodando debajo de las sombrillas que dejaron sembradas.
La educación ha sido históricamente un lugar de debate, contradicciones y resistencias donde son las y los docentes quienes siempre se tienen que hacer cargo de lo propio, lo ajeno, lo histórico, lo político y lo económico, aunque les sea ajeno y no los represente. Donde son siempre los alumnos quienes llevan en la mochila el peso de sus futuras culpas. Y así, más allá del nombre, retórico por cierto, que se les quiera dar a las política educativas, como el de “inclusiva” sea este un caso, la escuela no deja de ser un salvoconducto para esconder la realidad, para menguar los conflictos y hasta disimular convirtiendo a las víctimas en victimarios. Y así cuando las políticas hacen aguas necesitará de las maestras cocineras, psicólogas o gendarmes para contener e incluir, o reprimir si se vuelve políticamente correcto. Se trata de una escuela a la que quieren mostrar como abstraída o ajena a las otras instituciones de un Estado que ya no sabe cómo seguir escondiendo sus intenciones y a sus personeros.


