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domingo, 10 de noviembre de 2013

Parásitos o el caso del gusano Gordiano

Diario UNO de Mendoza (página 10), 6 de noviembre de 2013
 Se trata del que controla, consume y lleva al suicidio a grillos y langostas. Un ejemplo.
Hay quienes creen que las conductas responden a una libre elección. O las palabras, o los silencios. Y están también los que buscan las formas de control, domesticación, educación, castigo o medicalización para quienes no responden a la conducta apropiada.
Vayamos al caso del Paragordius tricuspidatus. Se trata del parásito que consume, controla y lleva al suicidio al grillo. Este gusano (también llamado Gordiano) que mide tres milímetros de ancho y llega a tener hasta 30 centímetros de largo, crece enroscándose en la cavidad abdominal del insecto. Y obviamente se alimenta de los nutrientes del ser invadido, el que envejece más rápido ya que debe doblegar sus esfuerzos de supervivencia para sostenerse en su hábitat y sostener el hábitat en que lo han convertido.
Cuentan los científicos que este parásito “produce proteínas que secuestran el sistema nervioso central del grillo”, por lo que las acciones del insecto en cierto momento pasan a responder a las necesidades de su amo, el que cuando ya se siente que terminó de consumir a su víctima le ordena el suicidio, o sea que se tire al agua para poder salir, nadar un rato y socializar un poco con otros, reproducirse y analizar quiénes están más suculentos y cómodos para futuros ataques, sobre todo a sus favoritos: grillos y langostas.

lunes, 17 de julio de 2006

Las parodias que trae el control antidopaje


Suplemento Ovación (página 2),
Diario UNO de Mendoza, 17 de julio de 2006

La gran pregunta es por qué el doping persigue al ciclismo, y la respuesta es sencilla: es uno de los pocos deportes donde se hace el control antidopaje y, obvio, proliferan los positivos, los dopados.
Los hipócritas de otras disciplinas disparan contra el ciclismo cuando bien saben que las grageas, inyecciones y jarabes proliferan, son moneda corriente y hasta recomendados por preparadores físicos y técnicos de los atletas.
El dopaje es castigado sin importar qué se toma, para qué se toma y quién lo toma. Hay sustancias que son para potenciar la producción, la performance y otras que son propias de las adicciones. En una se hace trampa y en las otras se trata de una enfermedad, según la Organización Mundial de la Salud.
Unas deberían ser castigadas por ser una trampa y las otras en vez de recibir castigo debería prever un tratamiento, un seguimiento.
Las sustancias dopantes son una carrera que llevan los propios laboratorios buscando el cuerpo perfecto y el negocio que esto significa. Se trata de una creciente industrialización del mecanismo físico, donde el ciclismo, por ejemplo, les sirve como campo de prueba y los ciclistas como ratas de laboratorio. Resistencia y velocidad, dos ítems para explotar, nos queda la fuerza y para eso tienen la halterofilia (pesas).
No defendamos a quienes se dopan pero preguntémonos quién auspiciaría a un deportista que no gana y que no llega, y de qué vive un deportista profesional en nuestro medio si no es con un auspicio.
La cadena se corta por lo más fino y es más fácil acusar al atleta en vez de ver qué se hizo para educar,
seguirlo y apoyarlo para evitar el dopaje. Vale preguntarnos por qué es más fácil comprar sustancias
dopantes que multivitamínicos, aunque es una pregunta que se responde a sí misma cuando vemos atletas mal alimentados y sin la indumentaria mínima para la práctica de sus deportes.
La Vuelta de Mendoza vuelve a recibir un cachetazo tras otro, muchos de ellos de dirigentes de otras disciplinas que promueven en sus divisiones formativas sustancias dopantes para que los chicos sean más altos y más fuertes.

lunes, 1 de noviembre de 2004

El candado fácil parece que está de moda

Suplemento Ovación (página 2),
Diario UNO de Mendoza, 1 de noviembre de 2004


Un candado a las puertas que llevan a las tribunas. Una platea ahogada de silencio y los matices del verde de la cancha pueden disfrutar del limpio y tranquilo juego de los niños.
Podríamos verlo así ya que durante el fin de semana en tres clubes no se permitió el ingreso de público (padres) en partidos de inferiores, como sanción a hechos de violencia.
Pero la censura nunca es solución, sólo es prohibición, proscripción.
Y volveremos a lo mismo: no a los matices del verde, sino al de los grises de nuestra sociedad. Un ejemplo:
River apela interponiendo “sus derechos” para que el Barcelona no se lleve a un pibe de 12 años, y el mismo River recluta, con mayor descaro, por el interior a pequeños jugadores. Ergo, una mercantilización brutal. Tediosos entrenamientos diarios, una concepción resultadista, y una presión desmedida, es lo que ofrecen los clubes.
Y así llega al sábado. Qué podemos esperar con dirigentes miopes, entrenadores militarizados y padres
enajenados que sueñan con un contrato, una tajada. Se juega más que un partido, no se juega, sólo vale
mostrar la individualidad y todo lo demás son enemigos: los rivales, el árbitro, y hasta los compañeros. El
pibe se desvive por el entorno, y el entorno se olvida que se trata de un pibe, al que se lo maltrata y desprecia con insultos, reclamos y son testigos o víctimas de violencia física.
Cierran las puertas de la cancha, y después los chicos volverán a la casa y se encontrarán con esos mismos padres, esos que también son dirigentes, que creen que el fútbol es todo. Creer que a los 12 o 13 años ya se puede definir a un chico como al crack del futuro es una imbecilidad tan grande como los que quieren una “colimba” para los excluidos del sistema educativo y laboral.
Los clubes se tendrían que preocupar por contener a los niños, sobre todo por lo que no reciben de sus padres, y la Liga debería contener a los clubes. Pero para eso tendríamos que pensar una sociedad que
revalorice los aspectos humanos más elementales.
Por ahora sólo valen los contratos y los candados. Pocas ideas, pero rentables y eficaces, pero medio asquerositas, ¿no?

domingo, 30 de mayo de 2004

La mujer, tratada como objeto

Suplemento Ovación (página 2),
Diario UNO de Mendoza, 30 de mayo de 2004


“Un estadio lleno recibe con una ovación el ingreso de las mujeres a la cancha”, dice el relator, claro se trata de las porristas. El deporte es perversamente explícito, y no está aislado. Acompaña la historia de la humanidad canalizando y magnificando las ideas en boga.
En el deporte, como en tantas otras manifestaciones, se discrimina, por la condición de clase, de raza y sobre todo de sexo.
La cuestión de género: los roles asignados culturalmente a hombres y mujeres están en evidencia y no queda más que ver la realidad, tomando las ideas de la luchadoras feministas, no queda ninguna duda de que en el deporte se potencia el machismo y la dominación masculina.
En 1894 el aristócrata francés barón Pierre de Coubertín instauró los Juegos Olímpicos de la Modernidad. Para este idealista los Juegos eran la exaltación solemne y periódica del estado físico masculino con el aplauso de las mujeres como recompensa; también consideraba que la participación de éstas en las competencias debería ser totalmente prohibida.
Moderno e ilustrado, a la hora de la división sexual en el deporte se inspiró en la caballería medieval y la antigua cultura griega: el héroe olímpico debía ser un hombre y adulto.
Más allá de las luchas y las conquistas de las mujeres por sus derechos, la idea central sigue siendo la misma, ya que el rol que se le asigna a la mujer es la de propiedad del varón, la de un menor de edad.
El espectáculo, el merchandising y la televisión muestran una escenificación nueva, o el aggiorno de una conocida. No se desarrolla el deporte femenino, ni se difunde, no sabemos el nombre del equipo, o la goleadora del Campeonato Nacional de Fútbol Femenino, pero sí reconocemos a las Diablitas, o las Boquitas, las porristas de los clubes populares.
Las porristas son la triste superación del póster de gomería. Tienen nombre propio, pero como organizaciones, con marca registrada y pertenecientes a gerenciadoras y empresas que sólo buscan hacer redituable el deporte y nada mejor que apuntar a la libido y reducir a la mujer a la condición de objeto sexual.
Porristas (en el fútbol, el básquetbol o el vóley), promotoras (en el automovilismo) y chicas ring (en el boxeo), es el ideal de Coubertín instaurado en la cultura fashion, la del hombre, un macho fuerte, agresivo, representante de los ideales de la nación, lo popular, dueño de la meta y los laureles. Mientras que la mujer es ingenuidad, seducción, sumisión, belleza, pasividad, baile y una forzada alegría. Hombres a ganar, mujeres a gustar, a lucir esos cuerpos de una estética establecida y lejos de la de una deportista.
Los atributos no son propios, son sociales y sobre todo rentables. Lentejuelas y minishorts, coreografías. Fotógrafos que apuntan y el protagonismo asegurado. El deporte no es ingenuo, si sirvió para sostener chauvinismos, dictaduras y tiranías, cómo no va a potenciar una milenaria cultura misógina, machista y patriarcal.