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jueves, 22 de marzo de 2012

Avance fascista contra los derechos humanos

Diario UNO de Mendoza (página 10), 21 de marzo de 2012
Con un peligroso discurso, buscan confundir y sacar rédito en el dolor 
por casos de inseguridad
Se aprovechan y pegan donde más duele. Vuelven, reviven sobre el drama ajeno y hacen política. Mienten, fagocitan, distorsionan y avanzan. Se trata de los que buscan confundir, que militan esa causa y levantan el discurso que relaciona los casos de inseguridad con los derechos humanos.
Mural en la plazotela Roberto Santoro.
Ante la justa movilización popular, desesperada e hipersensible por las inoperancias (y no tanto) del Estado, ante el reclamo desconsolado de padres, familiares y amigos de víctimas de crímenes injustificables, aparece la intencionalidad de grupos que reivindican el exterminio y el fascismo, y buscan como blanco fijo y directo a los derechos humanos. También está la ignorancia de los que se prenden a esas consignas facilistas y, obviamente, los que buscan la comodidad de ser políticamente correctos y se arrastran en el más común de los sentidos para tener algún sentido en sus explicaciones sin sentido.
Los derechos humanos son una pequeña gran conquista de quienes aspiran a un mundo mejor. Fue una forma de organizarse, visibilizar, denunciar y poner freno a los abusos y las injusticias, y también, de ser posible, de condenar a los ejecutores de los estragos que se repiten a diario y en forma naturalizada en diversas latitudes del mundo por parte de los estados, sobre todo en donde no se respetan los derechos humanos y reina la “mano dura”.
Las leyes que no se cumplen o la connivencia del poder político, jurídico y económico con organizaciones e individuos criminales ¿son responsabilidad de los organismos de derechos humanos? Obvio que no; son quienes las denuncian. Las políticas que profundizan las diferencias sociales y la marginalidad, que enfrenta a pobres contra pobres, ¿son responsabilidad de los organismos de derechos humanos? Obvio que no; son quienes las denuncian. 

domingo, 29 de enero de 2006

Estado ausente y clubes policías


Suplemento Ovación (página 2),
Diario UNO de Mendoza, 29 de enero de 2006

Volvamos a un tema ya trillado: la violencia en el fútbol. Durante estos días, funcionarios y legisladores han
buscado abordar el tema con algunas ideas, en su mayoría disparatadas.
Parece increíble, pero hay quienes niegan los derechos ciudadanos del espectador. ¿Cómo? Diciendo que
su obligación es garantizar únicamente la seguridad de los jugadores y los árbitros.
Otros quieren que los clubes hagan un registro de hinchas y que sean las mismas instituciones las que se
encarguen, como medida de prevención, de la tarea de prohibir ingresar a los violentos.
¿Un registro de hinchas? ¿Qué es un hincha? Todos son distintos y para ir a una cancha de fútbol no
necesariamente hay que ser hincha.
Los clubes, por intermedio de sus dirigentes, tienen la obligación de no incitar a la violencia, de promover
instalaciones con garantías, de procurar el crecimiento de las instituciones, pero no de cumplir el rol de policías.
Se está instalando la idea de que todos son culpables hasta que demuestren lo contrario, mientras que los violentos –unos pocos– tienen el “territorio” liberado para demostrar su poder.
Sí, los violentos son unos pocos y están protegidos. El fútbol es lugar para ostentar su poder mafioso, contra sus rivales, con los mismos simpatizantes de la tribuna, apretando dirigentes y “combatiendo” a la policía.
¿Pero por que será que esos violentos siempre zafan de la represión indiscriminada?
Funcionarios y legisladores tendrían que buscar a sus alrededores y ver que a esos violentos los tienen en sus actos políticos haciendo número, llevando gente; muchos son los punteros en tiempos electorales. Tendrían que ver que muchos de esos violentos trabajan para sus amigotes proxenetas y narcos en otros zonas liberadas que a diario pudren nuestra sociedad.
Los clubes son sociedades civiles sin fines de lucro, no entes policiales, y en muchos casos deben suplir las
funciones y obligaciones del Estado en cuestiones de contención social.
Funcionarios y legisladores: no confundan los tantos, no deslinden sus obligaciones. Un dirigente no es un policía, un simpatizante no es un sospechoso.

domingo, 13 de junio de 2004

Un sheriff sólo ofrece violencia

Suplemento Ovación (página 2),
Diario UNO de Mendoza, 13 de junio de 2004


Parece que le gusta el rol de sheriff, de hombre de mano dura, y lo peor es que desde arriba se lo festejan y lo apoyan.
Javier Castrilli (director del Programa de Seguridad de Espectáculos Futbolísticos, PROSEF), con una medida llena de contradicciones deja un precedente patético para el fútbol argentino y para el ejercicio de las libertades.
Si se prohíbe algo tan banal y sencillo como identificarse con un club de fútbol, qué queda para las manifestaciones ideológicas, religiosas, o de orientación sexual que no responden a la norma establecida.
Prohibir el ingreso a un lugar público por tener gustos diferentes es simple y llanamente discriminación.
En sentido peyorativo se ha puesto de moda la categoría de “visitante”, como la de “diferente”, que no es nuevo y se manifiesta como un justificativo para considerar como enemigo al otro.
El fútbol es una manifestación pública, no privada. Los clubes son sociedades civiles, no fuertes militares. Y los árbitros sedientos de protagonismo y devenidos en funcionarios son lamentables.
Para el superclásico del fútbol argentino los hinchas visitantes no pueden concurrir al estadio del equipo local. La normativa no sólo es violenta en sí misma por su discriminación, por la desarticulación de una escenificación, sino por los valores ocultos que propugna: rechazo, intolerancia, violencia, segregación.
El mensaje defiende el sentido de unicidad, de intransigencia, sin sutilezas se dice que todo aquel que sea distinto, que se vista de otro color es un indeseable, un enemigo, lleva a ver a los otros como integrantes de guetos peligrosos, que no deben pisar ciertos terrenos. Se trata de medidas belicistas, militaristas, muy cercanas a las patéticas décadas de plomo.
Escudado en nombre de la seguridad, repugna ver cómo evade atacar a los verdaderos violentos. La violencia en el fútbol no es el “fanatismo”, ni las banderas, ni los cánticos, ni las camiseta, ni las cargadas. Se trata de organizaciones mafiosas.
El poder desde hace tiempo ha extendido sus tentáculos dentro del fútbol, y con códigos mafiosos, tanto políticos, gremialistas y empresarios amparan, protegen y promueven a quienes se encargan de sus trabajos sucios, los que van desde la reventa de entradas hasta el narcotráfico, aprietes, secuestros y proxenetismo. El método: la violencia, la impunidad.
Estos, los barrabravas, con las nuevas medidas, no tendrán a los de enfrente para demostrar su poder, pero siguen teniendo a los de al lado y a los de abajo para demostrar que ellos mandan en su localía.
El poder los ampara, necesita convivir con sus matones y enmascarar una acción como políticamente correcta atacando el color visitante. Hipócritas que generan un segregacionismo para no tocar los intereses mafiosos que hay insertos en el mundo del fútbol. No les importa desvirtuar el juego, el deporte, el espectáculo, los sentimientos. No les importa pisotear tantos años de lucha por la tolerancia.